“Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida; el que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí nunca tendrá sed. 36 Pero ya les dije que aunque me han visto, no creen. 37 Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera. 38 Porque he descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39 Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado Yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final. 40 Porque esta es la voluntad de Mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y Yo mismo lo resucitaré en el día final”. (Juan 6:35-40)

Durante su viaje desde Egipto a Canaán, los Israelitas vivieron en el desierto por años. Fue ahí, done Dios les dio el maná del cielo (ver Éxodo 16) y ellos siempre recordaron este acto de Dios. Entonces, a Jesús le probaban exigiéndole que hiciera algo similar, que probara que era es más que un ser humano común y corriente proveyendo pan del cielo. Pero Jesús les dio una respuesta inesperada. Él les dijo que Él mismo es el pan de vida que Dios provee. «Yo soy el pan de la vida; el que venga a mí no tendrá hambre«.

Jesús alimenta a la gente espiritualmente, y satisface sus anhelos más profundos. Por lo cual, ya no estamos hambrientos, porque Jesús nos da el pan de vida en abundancia. Un poco más adelante Él dice: «Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo les daré es mi carne«. Estos son dichos confusos, pero luego quedan más claros. Jesús precisamente dio su vida (su «carne») para salvar a la humanidad. Él les ofreció la vida eterna al morir en su lugar.

¿Has comido ya de este «pan de la vida»?

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