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El concepto de familia es de importancia básica en la mayoría de las culturas humanas y fue instituido inicialmente por Dios. Cuando creó a los seres humanos, «los creó varón y hembra» (Génesis 1:27), y Dios ordenó a esta primera pareja que «fructificaran y se multiplicaran y llenaran la tierra» (Génesis 1:28). Por tanto, la idea de Dios era que los seres humanos nacieran y crecieran en una familia, no que salieran de un huevo y vivieran en solitario. Pero, ¿qué nos enseña exactamente la Biblia sobre la vida familiar?

Variación cultural

Como ya hemos dicho, Dios creó a los seres humanos como hombres y mujeres. También instituyó el matrimonio como una relación para toda la vida entre un hombre y una mujer (véase Génesis 2:18-24), con el mandamiento que lo acompaña de fructificar y multiplicarse. Esto lleva al patrón básico de una familia nuclear que existe de un esposo, su esposa y sus hijos. Por supuesto, hay muchas personas que no se casan, y muchas parejas que no tienen hijos, pero estamos hablando del patrón general aquí.

A lo largo de la historia y entre las diferentes culturas, hay mucha variación en la forma en que la gente modela su vida familiar. En algunas culturas, las familias nucleares viven por su cuenta y llevan su vida de forma bastante independiente. En otras culturas, más bien conviven con otros parientes como abuelos, tíos, tías, primos, etc. En muchas culturas, los hijos dejan la casa paterna una vez que se casan, en otras no. La Biblia no valora un modelo por encima de otros.

La familia como lugar de amor y cuidado

El modelo básico de una familia con padres e hijos viene acompañado de ciertos roles y responsabilidades. La Biblia deja claro que es responsabilidad de los padres cuidar de sus hijos. Jesús da por sentado esto cuando ilustra la bondad de Dios hacia las personas: «¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a los que le pidan!» (Mateo 7:9-11). Y en el Salmo 103,13 leemos «Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen». En la carta de Pablo a Tito, leemos que las jóvenes deben aprender a «amar a sus maridos y a sus hijos» (Tito 2:4). En una carta a Timoteo, Pablo incluso afirma: «Pero si alguien no mantiene a sus parientes, y especialmente a los miembros de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5:8). Por tanto, Dios nos exige que amemos y cuidemos a nuestros parientes.

La familia como lugar para criar a los hijos

Además del amor y el cuidado, la Biblia habla claramente de la obediencia y la autoridad dentro de la familia. Cuando Dios dio a Israel una especie de constitución llamada «los Diez Mandamientos», ésta incluía el mandamiento «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor, tu Dios, te da» (Éxodo 20:12). Lucas 2:51 registra cómo Jesús fue «sumiso» a José y María, dando así un ejemplo para nosotros.

Los padres tienen una posición de autoridad, pero esto también conlleva la responsabilidad de educar bien a sus hijos. Esto incluye enseñar a sus hijos todo lo que necesitan saber para convertirse en adultos independientes que puedan cuidar de sí mismos y de sus posibles hijos. Pero va más allá. La Biblia subraya la importancia de vivir según la voluntad de Dios y en conexión con Él, y es tarea de los padres enseñar a sus hijos esta forma de vida. Por supuesto, no pueden «dar» a sus hijos la fe salvadora, pero pueden y deben poner su propia vida como ejemplo para que sus hijos la sigan. «Instruye al niño en el camino que debe seguir; aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6). Y en Efesios 6:4, se insta a los padres a «educarlos [=a sus hijos] en la disciplina y la instrucción del Señor».

La familia espiritual

La Biblia no sólo habla de las familias naturales, sino también de la familia espiritual. Cuando se le planteó a Jesús una observación sobre su madre y sus hermanos, «respondió al hombre que le decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: «¡Aquí están mi madre y mis hermanos! Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mateo 12,48). Los cristianos llaman a Dios su «Padre», y a los demás «hermanos». Esta familia espiritual no sustituye a la familia natural y sus responsabilidades, pero hay similitudes. Jesús exige claramente que los creyentes se amen unos a otros: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Juan 15:12). Y Gálatas 6:10 habla de la responsabilidad de los creyentes de cuidarse unos a otros: «Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe».

Por muy importante que sea la familia natural en la tierra, no durará para siempre. Jesús nos enseña que «cuando resuciten de entre los muertos, no se casarán ni se darán en matrimonio, sino que serán como los ángeles en el cielo» (Marcos 12:25). Sin embargo, el vínculo espiritual entre los creyentes y su Padre celestial es de importancia eterna, como se expresa en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, con tal de que padezcamos con él para que también seamos glorificados con él». Quien pertenece a la familia de Dios, disfrutará de la bendición de vivir eternamente en su presencia – bajo la autoridad de Dios, bajo su cuidado y en la plenitud de su amor.

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