Cuando Jesús dio su último suspiro, exclamó: «¡Consumado es!» (Juan 19:30). Su papel en el plan de salvación eterna de Dios se había cumplido. Había pagado por el pecado de la humanidad y, por tanto, había abierto un camino para que los pecadores se reconciliaran con Dios. Sin embargo, la Biblia deja claro que no podríamos habernos beneficiado de la obra de salvación de Jesús si éste hubiera permanecido muerto. Como dice el apóstol Pablo en 1 Corintios 15:17, «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana y seguís en vuestros pecados.» ¿Por qué es así?

La resurrección de Jesús es una evidencia de su naturaleza divina

Jesús era tanto Dios como hombre. Como humano, podía morir. De hecho, hay amplia evidencia de que realmente murió, no sólo se desmayó. Véase, por ejemplo, Marcos 15:42-45 y Juan 19:33-35. Pero Dios es eterno y no puede morir. Por lo tanto, si Jesús hubiera permanecido muerto, esto habría sido una prueba de que no era divino. Su resurrección corporal confirmó su afirmación de que Él es Dios. Jesucristo, nuestro Señor, «fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Romanos 1:4).

La resurrección de Jesús es una prueba de su fiabilidad

En varias ocasiones, Jesús había dicho a sus discípulos lo que le sucedería, por ejemplo en Mateo 20:18-19: «Mirad, vamos a subir a Jerusalén. Y el Hijo del Hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los escribas, y ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que lo escarnezcan, lo azoten y lo crucifiquen, y resucitará al tercer día». Si estas profecías no se hubieran cumplido, las palabras de Jesús no serían dignas de confianza. ¡Pero ahora lo son! El cumplimiento de estas profecías es una poderosa confirmación de la omnisciencia, la fiabilidad y el poder eterno de Jesús.

La resurrección de Jesús es una prueba de la aprobación del Padre

El sufrimiento y la muerte de Jesús formaban parte del plan de salvación de Dios. Era la voluntad del Padre que Él muriera. Por lo tanto, cuando Jesús fue levantado de la tumba, esto fue una clara señal de que Dios el Padre estaba plenamente satisfecho con su obra de salvación. Fue altamente exaltado por haber cumplido su ministerio.

La resurrección de Jesús es una evidencia de su triunfo sobre Satanás

Desde que el pecado entró en el mundo, ha habido una batalla entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás. La muerte de Jesús fue la culminación de esta batalla. Parecía que Satanás lo había derrotado finalmente. Pero la resurrección de Jesús demostró lo contrario. Su ministerio no terminó en la derrota sino en la gloria. Satanás ha recibido el golpe de muerte. Los ángeles y los poderes espirituales han sido sometidos a Jesús (1 Pedro 3:22). Él ha triunfado sobre ellos y los ha avergonzado abiertamente (Colosenses 2:15). Jesús es el vencedor.

Jesús intercede por nosotros

40 días después de su resurrección, Jesús ascendió al cielo. Allí se sienta a la derecha de Dios y ora por nosotros. Ver Romanos 8:34: «¿Quién es el que condena Cristo Jesús es el que murió -más aún, el que resucitó-, el que está a la diestra de Dios, el que en verdad intercede por nosotros.» Por supuesto, no podría haberlo hecho si hubiera permanecido muerto.

La resurrección de Jesús da esperanza a nuestro futuro

La resurrección de Jesús demuestra su poder para vencer la muerte y es la base de la futura resurrección de todos los que creen en Él. Por lo tanto, ya no tenemos que temer a la muerte si hemos recibido la vida eterna en Jesús. Aunque nuestros cuerpos puedan morir y perecer, sabemos que serán resucitados inmortales e imperecederos al final de los tiempos (1 Corintios 15:53-55). Cuando Jesús regrese para crear nuevos cielos y una nueva tierra, viviremos con Él para siempre. Su resurrección es la primera señal claramente visible de esta gloriosa verdad.

Tanto la muerte de Jesús como su resurrección son importantes

La muerte expiatoria de Jesús fue suficiente para pagar por el pecado humano. Pero su resurrección también fue una parte esencial del plan de salvación de Dios. Alabado sea Dios, «que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor, entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra justificación». (Romanos 4:25)

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