Hace un mes “todo se desmoronó” para Boris, investigador de neurociencia en París. Al igual que miles de sus compañeros, vio cómo sus proyectos de investigación se derrumbaron después de que se suspendiera la cooperación con Rusia por su invasión de Ucrania.

En los días siguientes a la invasión, varias instituciones científicas de renombre mundial suspendieron su cooperación con Rusia.

Entre ellos, la Agencia Espacial Europea (ESA), el CNRS (el mayor organismo de investigación francés), el CERN (organismo europeo para la investigación nuclear) o incluso el MIT (prestigioso instituto estadounidense).

La decisión de cortar los vínculos atestó un duro golpe a la diplomacia científica, sobre todo en el sector aeroespacial, donde las potencias occidentales habían forjado estrechos lazos con Rusia desde el final de la Guerra Fría.

“La decisión fue dolorosa”, dijo la semana pasada Josef Aschbacher, director de la ESA, cuyos 22 Estados miembros acababan de acordar la ruptura con sus homólogos rusos de Roscosmos.

Ciencia sin fronteras

Esta fotografía de archivo tomada el 7 de febrero de 2019 muestra al astronauta británico Tim Peake posando con un prototipo funcional del Rosalind Franklin ExoMars Rover después de su ceremonia de nombramiento en las instalaciones de Airbus Defence and Space en Stevenage, al norte de Londres.

Esta fotografía de archivo tomada el 7 de febrero de 2019 muestra al astronauta británico Tim Peake posando con un prototipo funcional del Rosalind Franklin ExoMars Rover después de su ceremonia de nombramiento en las instalaciones de Airbus Defence and Space en Stevenage, al norte de Londres. (Ben Stansall/AFP/)

Una de las primeras víctimas de la suspensión de cooperaciones con Rusia fue la misión ExoMars, que debía despegar este mismo año desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, con ayuda de una lanzadera y una estructura de aterrizaje rusas.

Un hecho amargo para miles de científicos europeos y rusos que llevaban años trabajando en el proyecto, clave para buscar vida extraterrestre.

La suspensión de la misión también fue un golpe para una comunidad global abierta, impulsada por un ideal de ciencia sin fronteras y que acababa de recuperarse de la pandemia del covid-19.

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En esa misma línea, Boris, investigador del Instituto Nacional de Investigación en Salud y Medicina de Francia, fundó un centro de ciencia cognitiva en Moscú.

Sus estudiantes viajaban por diferentes laboratorios de Europa, y él, que prefiere no dar su apellido, fue a Rusia para dar conferencias.

“Fue un modelo transfronterizo único en el campo de la neurociencia”, explica a la AFP este estadounidense de origen soviético de unos 50 años que vive en Francia.

“La guerra nos supera”

De la noche a la mañana, se perdieron diez años de trabajo. Oficialmente, el proyecto no se ha detenido, pero en los hechos, “todo está bloqueado”.

Debido a las sanciones, los investigadores ya no pueden financiar su trabajo en Rusia. Otros están amenazados por haber protestado en contra de la guerra o huyeron a Armenia y Turquía.

“Nos hablamos todos los días a través de Skype o de Zoom…pero estamos perdidos, la guerra nos supera”, confiesa Boris, desolado.

Del lado ruso, el aislamiento hace temer que el país salga perdiendo en la competencia científica mundial. A principios de marzo, 7.000 científicos que trabajan en Rusia firmaron una petición contra la guerra.

Poco antes, la comunidad matemática había decidido que su principal congreso mundial no iba a celebrarse en San Petersburgo, como estaba previsto.

Carole Sigman, del CNRS, señala también que la influyente Academia de Ciencias de Rusia “pidió el cese de las hostilidades y se dirigió a los investigadores extranjeros para evitar la ruptura de las relaciones científicas”.

La investigadora francesa destaca el auge de las demandas de visados de científicos sociales rusos para venir a Francia.

“No abandonarlos”

Del lado occidental, profesores de universidades conocidas como Harvard y Cambridge instaron a “no abandonar” a sus colegas rusos en un artículo publicado en la revista Science el jueves.

Según ellos, una “persecución indiscriminada” sería “un grave retroceso para los valores occidentales, basados en el progreso científico y tecnológico”.

Al contrario, varios investigadores ucranianos, como el físico Maksym Strikha, de la Universidad Taras-Shevchenko de Kiev, piden un “boicot total” a la comunidad académica rusa.

Pero a pesar de ello, los vínculos persisten. “El muro sigue siendo permeable”, observa Denis Guthleben, agregado científico del comité de historia del CNRS.

Este organismo público suspendió sus nuevas colaboraciones con Moscú, pero mantiene la actividad de sus laboratorios internacionales en territorio ruso. (I)

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