Mientras la artillería y los cohetes rusos atacan los hospitales y los edificios de apartamentos de Ucrania, destruyendo distritos residenciales que no tienen ninguna utilidad militar, el mundo mira horrorizado lo que para Rusia es una práctica cada vez más común.

Sus fuerzas llevaron a cabo ataques parecidos en Siria, donde bombardearon hospitales y otras infraestructuras civiles como parte de su intervención para apuntalar el gobierno de ese país.

Moscú fue todavía más lejos en Chechenia, una zona fronteriza que había buscado su independencia con la desintegración de la Unión Soviética en 1991. Durante dos guerras que les sirvió como formación ahí, la artillería y las fuerzas aéreas rusas convirtieron en escombros los edificios de las ciudades y sus fuerzas de infantería masacraron civiles en lo que todos vieron como una campaña pensada para aterrorizar y someter a la población.

Ahora, parece que Vladimir Putin, cuya llegada a la presidencia de Rusia ocurrió al mismo tiempo y, de ciertos modos, se consolidó con las guerras chechenas, está siguiendo un guion parecido en Ucrania, aunque, hasta el momento, solo de manera paulatina.

Mujeres ucranianas exhiben una pancarta con las letras que dicen "Agresión rusa - 24 de febrero - ¿hasta" y una imagen del presidente ruso, Vladimir Putin, durante una manifestación de solidaridad con Ucrania en Bucarest el 19 de marzo de 2022. Foto de Andrei PUNGOVSCHI / AFP

Mujeres ucranianas exhiben una pancarta con las letras que dicen «Agresión rusa – 24 de febrero – ¿hasta» y una imagen del presidente ruso, Vladimir Putin, durante una manifestación de solidaridad con Ucrania en Bucarest el 19 de marzo de 2022. Foto de Andrei PUNGOVSCHI / AFP

Estas tácticas reflejan algo más específico que una simple crueldad. Surgieron de las experiencias de Rusia en una serie de guerras que llevaron a sus dirigentes a concluir, por razones tanto estratégicas como ideológicas, que bombardear a poblaciones enteras no solo era aceptable, sino válido en términos militares.

También reflejan las condiciones de un gobierno autoritario con pocos aliados, lo que le permite al Kremlin pasar por alto la indignación hacia su conducta militar e incluso adoptarla… o, al menos, parece que eso es lo que creen los dirigentes rusos.

“La enorme destrucción y las muertes colaterales dentro de la población civil son aceptables para reducir nuestras propias víctimas”, escribió en el año 2000 Alexéi Arbátov, un destacado estratega militar ruso y, en ese entonces, legislador federal, durante la segunda guerra de Rusia en Chechenia.

La población civil de Odesa colabora este sábado en la defensa preparando sacos terreros para fortificar la ciudad. EFE/Manuel Bruque

La población civil de Odesa colabora este sábado en la defensa preparando sacos terreros para fortificar la ciudad. EFE/Manuel Bruque (Manuel Bruque/)

“El uso de la fuerza, si esta se aplica de manera decidida y masiva, es la forma más eficiente de solucionar los problemas”, escribió Arbátov, y añadió que no se le debería “dar tanta importancia” al horror que siente el mundo frente a las acciones de Rusia.

No obstante, la impactante cifra de pérdidas humanas que consideran irrelevante quienes defienden esta estrategia puede explicar en parte por qué hasta ahora ha fallado en Ucrania.

La indignación mundial no evitó que Rusia siguiera adelante en Chechenia y en Siria, pero ahora está desencadenando las sanciones y el respaldo militar que están arruinando la economía rusa y empantanando su invasión, lo cual pone de relieve que tal vez el estilo de guerra de Moscú no sea tan inexorablemente pragmático como cree.

Desde luego que, mediante ataques aéreos con drones y otros artefactos, también Estados Unidos frecuentemente mata a civiles en guerras, cuyas cifras considera un costo lamentable, pero aceptable. Pese a que la intención detrás de esta estrategia difiere de la de Rusia, es posible que la distinción tenga carezca de importancia para los muertos.

El estilo de guerra de los rusos

El ejército soviético salió de la Segunda Guerra Mundial con la misión de no volver a permitir jamás una invasión extranjera en su suelo y se volvió lo suficientemente poderoso como para enfrentarse de igual a igual con las fuerzas asociadas de la OTAN.

Pero en 1979, enfrentó una amenaza para la cual no estaba preparado: la insurgencia en Afganistán, el país vecino que las fuerzas soviéticas invadieron ese año.

Los soviéticos sufrieron muchas bajas a manos de los rebeldes afganos antes de regresar a casa una década después, debilitados y con una humillante derrota.

Durante la guerra, las autoridades soviéticas llegaron a preferir tanto el potencial aéreo como las muestras de violencia a gran escala.

Según una crónica de la guerra escrita en 1984: “En los valles situados alrededor de Kabul, los rusos llevaron a cabo una serie de operaciones importantes en las que utilizaron cientos de tanques, movilizaron importantes medios, usaron bombas, cohetes, napalm e incluso, en una ocasión, gas, con lo cual destruyeron todo a su paso”.

Después, en 1991, la Unión Soviética se desintegró y con ella gran parte de lo que había sido el ejército soviético. Ese año, los líderes de Chechenia comenzaron a reclamar la independencia de esa región. En 1994, Moscú llevó a cabo un intenso ataque con el propósito de retomar el control.

Una vez más, las tropas rusas sufrieron bajas importantes contra los insurgentes. Un sitio que tuvo un mes de duración en Grozni, la capital de Chechenia, dio como resultado la destrucción de gran parte de la ciudad y la muerte de miles de civiles. Pero, en 1996, los soldados rusos se retiraron derrotados, lo cual disminuyó aún más el control del poder cada vez más debilitado por parte del Kremlin.

Estas costosas derrotas hicieron que evitaran desplegar a los soldados de infantería —cuyo número también se había reducido con la desintegración de la Unión Soviética— en el combate directo. Moscú lo solucionó usando sus herramientas de guerra predominantes —los tanques y la artillería que había acumulado para igualar a la OTAN— contra la población civil que ahora veía como su enemiga en las campañas de contrainsurgencia.

Así que, cuando Moscú invadió Chechenia por segunda ocasión en 1999, su general al mando dijo que, el error de Rusia es que había “pecado de ser demasiado bondadosa”, y se comprometía a incrementar la violencia.

Los grupos de derechos humanos documentaron una serie de masacres durante la guerra. En algunos casos, las autoridades rusas señalaban algunas aldeas como “zonas seguras” y luego las envolvían en las llamadas bombas de aire y combustible (prohibidas por las Convenciones de Ginebra), con las que asesinaron a muchas personas a la vez.

“Todos los que permanezcan en Grozni serán considerados terroristas y serán eliminados por la artillería y la fuerza aérea”, advirtió un edicto militar oficial. Pese a que el comunicado fue retirado, las fuerzas rusas bombardearon la ciudad de manera indiscriminada y bloquearon sus salidas para impedir que los residentes huyeran.

Ese conflicto, junto con las modificaciones del ejército ruso para una nueva Europa donde las fuerzas de la OTAN ahora superaban por mucho las de él, dio origen a otro tipo de doctrina.

“Los ataques de las tropas, lo cual antes predeterminaba el resultado de las batallas, ahora, y aún más en el futuro, solo serán usados para completar la derrota del enemigo”, escribió el funcionario ruso A.A. Korabelnikov en un informe técnico de 2019.

Rusia dice que destruyó depósito de misiles subterráneo en oeste de Ucrania. EFE/EPA/ATEF SAFADI

Rusia dice que destruyó depósito de misiles subterráneo en oeste de Ucrania. EFE/EPA/ATEF SAFADI (ATEF SAFADI/)

Más bien, eran la artillería y la fuerza aérea las que realizaban la mayor parte del trabajo, provocando un daño devastador a la distancia. Pero debido a que gran parte de esta tecnología seguía siendo de la era soviética, casi siempre los ataques eran indiscriminados, lo que Moscú, de todas maneras, había empleado en Chechenia.

Cuando las fuerzas rusas irrumpieron en Siria en 2015, el ejército aliado de Moscú en ese país ya estaba masacrando civiles a gran escala. Al tratar de evitar un atolladero como el de Afganistán, la fuerza aérea rusa arrasó desde lo alto con las ciudades sirias, gracias a lo cual consolidó el modelo aplicado en Chechenia.

Valeri Guerásimov, quien ahora es general de alto rango de Rusia, escribió en 2016 que las fuerzas del país estaban “adquiriendo una valiosísima experiencia de combate en Siria” y obtuvieron lecciones que Moscú extrapoló para elaborar políticas formales el año siguiente.

Las fuerzas rusas no aplicaron de inmediato ese mismo método en Ucrania. Pero a medida que la invasión ha perdido fuerza, se han enfocado en zonas civiles cada vez más, sobre todo en ciudades que han tenido problemas para capturar, como Mariúpol y Járkov.

Un escalofriante estilo de guerra

A pesar de toda la crueldad de Moscú, tal vez gran parte de los estragos de las guerras de Rusia se reduzcan a una simple cuestión de la ubicación del combate: a menudo en ciudades grandes controladas por la oposición.

En toda la era moderna, los cercos urbanos han formado parte de manera constante de las formas más sangrientas de las guerras.

Casi siempre se caracterizan por una terrible violencia contra la población civil mientras los invasores buscan acabar con los bastiones de la resistencia en las áreas donde quizás siguen habitando millones de personas inocentes. Son comunes la indigencia y el hambre de la población.

Cuando la resistencia armada sigue adelante con determinación, casi siempre los invasores ven a la población entera como una amenaza que debe ser erradicada. (I)

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