«Así que los israelitas se olvidaron del Señor su Dios que los había librado de manos de todos sus enemigos en derredor»(Jueces 8:34).

Cuando el pueblo de Israel viajaba por el desierto, experimentaron de primera mano el poder y la gracia del Señor. Ellos escucharon su voz desde la montaña del Sinaí, comieron el pan del cielo que el Señor les proporcionó y bebieron agua de las rocas.

La generación que entró en la tierra prometida vio cómo Dios partió las aguas del río Jordán y destruyó la ciudad de Jericó. Con todo, la memoria colectiva de los israelitas no duró mucho: «Después de ellos se levantó otra generación que no conoció al Señor ni la obra que había hecho por Israel… Y abandonaron al Señor, el Dios de sus padres» (Jueces 2:10;12).

Esta falta de remembranza o pérdida de memoria, se convirtió en un enorme problema para el pueblo de Israel. Repetidamente, se alejaban del Señor, se enfrentaban a su juicio, se arrepentían… y volvían a hacer lo mismo. Este comportamiento nocivo se prolongó durante siglos, hasta que la magnitud de sus pecados fue total y Dios los expulsó de su país.

¿Cómo es esto en tu vida ¿Te acuerdas del Señor y de todo lo que ha hecho por ti?

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