Desde que comenzó la invasión rusa en Ucrania, dos voluntarios ucranianos repiten casi sin descanso el recorrido de ida y vuelta de unos 5.000 kilómetros en furgoneta desde Madrid a Polonia o Rumanía con toneladas de ayuda humanitaria para sus compatriotas.

Todo comenzó con la idea de un pequeño supermercado madrileño de productos ucranianos de recoger donaciones para enviarlas al país en guerra, iniciativa que provocó una oleada de solidaridad en la capital, donde personas de todas las nacionalidades acuden a hacer sus entregas.

Las toneladas de productos (comida, ropa, linternas, sacos de dormir, etc.) salen en dos furgonetas desde Madrid hasta la aduana de Polonia o de Rumanía, donde los militares ucranianos se encargan de distribuir los productos de la forma más segura a diferentes ciudades del país.

Así lo cuenta a EFE Maxi, uno de los trabajadores de la tienda Ucramarket, convertida en una ONG improvisada con el aluvión de donaciones que recibieron estos días, y ahora pide ayuda a alguien que tenga un vehículo similar, ya que los dos que tienen no son suficientes.

GRAF8651. MADRID, 02/03/2022.- Varios voluntarios colaboran en el punto de recogida de ayuda humanitaria para Ucrania de Ucramarket este miércoles en Madrid. EFE/AFC

GRAF8651. MADRID, 02/03/2022.- Varios voluntarios colaboran en el punto de recogida de ayuda humanitaria para Ucrania de Ucramarket este miércoles en Madrid. EFE/AFC

No estaba entre los planes iniciales de esta pequeña tienda hacer donaciones masivas, pero «ha ido más allá», comenta su dependienta, Katerina, una ucraniana de 26 años que, aunque vive en España con su marido y su bebé de 9 meses, tiene en Ucrania a su padre y otros familiares.

El objetivo era llevar un único camión, pero desde que la asociación “Cultura sin Fronteras” se puso en contacto con ellos fue a más. Katerina prevé superar las 100 toneladas de productos básicos.

Donaciones

Ahora lo que más necesitan son medicinas y ropa con estampado militar, además de tiendas de campaña, sacos de dormir, comida enlatada -pero no en tarros de cristal-, o comida de rápida preparación, también linternas, pilas, auriculares…

Las cajas se amontonan en la estrecha acera de la calle, donde los carros forman una doble fila para esperar su turno y entregar sus donaciones.

Hay decenas de voluntarios de todas las nacionalidades: españoles, rusos, chinos, mexicanos, cubanos…

Solidaridad sin nacionalidad

“Estoy muy orgullosa de cómo entienden la situación, mucha gente viene llorando, una chica rusa se puso a llorar ayer, y yo estaba muy orgullosa de cómo lo entiende, de lo que lo sufre con nosotros”, asegura Katerina, con la voz entrecortada de la emoción porque “cuando te pones a pensarlo más profundamente, no hay palabras para explicar el dolor que sentimos”.

Ana y su marido llevan cuatro días de voluntarios. Ella conocía la tienda, aunque se enteró de la iniciativa por una sobrina, y cuando fueron a preguntar se quedaron como voluntarios: «La gente colabora de una manera impresionante (…). Recogemos toneladas de comida al día», comenta.

Muchos voluntarios son ucranianos o con familia en el país, como María, que lleva cuatro años viviendo en Madrid, donde está su familia, o Cristina, que aunque nació en España sus padres son ucranianos.

El objetivo era llevar un único camión, pero desde que la asociación "Cultura sin Fronteras" se puso en contacto con ellos, la ayuda continúa. EFE/AFC

El objetivo era llevar un único camión, pero desde que la asociación «Cultura sin Fronteras» se puso en contacto con ellos, la ayuda continúa. EFE/AFC

Comenta esta joven de 17 años que su madre se acercó a la tienda a comprar una bandera de Ucrania para ir a la manifestación contra la guerra, pero al ver que empezaban a recoger productos decidió que, en vez de ir a la protesta, toda la familia se pusiese manos a la obra para ayudar.

«Ahora venimos aquí todos los días», señala la joven, que agradece mucho la ayuda de tanta gente. Se acuerda mucho de sus abuelos, sus primos, sus tíos, que están «angustiados y con miedo por si no nos vamos a poder volver a ver» y con la «impotencia de no poder hacer nada».

A pocos metros está Alfredo, que se baja de su coche y entrega una bolsa con medicinas a una de las voluntarias. «He cogido alguna cosa que tenía y también he parado en la farmacia, no es mucho, pero algo es algo», explica mientras contempla el montón de cajas frente a la puerta: «Esto es impresionante», dice.

Ana, acompañada por su marido y su hijo pequeño acude con un buen cargamento de pañales, ropa térmica, medicinas e incluso una cuna de viaje. «Teníamos cosas en casa y no lo hemos pensado», afirma.

El trabajo de los voluntarios es incesante, ya que son muy conscientes de que a 3.635 kilómetros se está librando una guerra. (I)

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